Es increíble que a tantos periodistas de política internacional se les haya escapado este dato que encontré en la nota Juan Gabriel Tokatlian en La Nación que demuestra como es una política explícita de Hillary Clinton que ahora los embajadores parezcan espías:
La filtración conocida en torno a la ONU constituye un viraje sustantivo en la compleja relación entre diplomacia y espionaje. Es usual que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) identifique cada año, mediante el Humint (sigla correspondiente a Inteligencia Humana), las prioridades en materia de espionaje. Dicha determinación se remite al Departamento de Estado y en consecuencia es claro cuáles son los objetivos más importantes para los espías estadounidenses, preservando una nítida frontera entre la labor de un embajador y la del enviado a hacer inteligencia. En su momento, y durante años, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, recibió y aprobó los instructivos elaborados por la CIA. Sin embargo, la secretaria Hillary Clinton asintió y autorizó una National Humint Collection Directive más comprometida. En efecto, según la directiva de 2009, los embajadores de Estados Unidos debían hacer inteligencia sobre el secretario general de la ONU, Ban Ki moon, el personal bajo su mando, los representantes de países con asiento en el Consejo de Seguridad y diplomáticos extranjeros con misión ante Naciones Unidas. Se trataba de obtener datos biométricos, información sobre el ADN de las personas y detalles de las tarjetas de crédito de los individuos.
Sobre el mismo tema escribí “Cablegate y la renovación diplomática“.









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